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Muchas
culturas, una humanidad Así
las cosas, bienvenida sea cualquier iniciativa en favor de la creación
marcos que, más allá de ferias musicales y sabores exóticos,
sirvan para reflexionar sobre este mundo imparable e incontestablemente
diverso. En ese empeño andan quienes, desde hace 5 años,
organizan la Festa de la Diversitat (Sabadell, 2-6 de mayo), cuya finalidad
última podría sintetizarse en la propuesta del sociólogo
Z. Bauman, "muchas culturas, una humanidad". Y es que,
no hay que llamarse a engaño, en un planeta globalizado, las diferencias
culturales, como todas las demás, y obviamente quienes las personifican,
están aquí para quedarse, para convivir con nosotros, como
vecinos, comerciantes, amigos, colegas de trabajo o de estudios, etc.,
y cuando interaccionamos con ellos/as, descubrimos que los/as extranjeros/as
son, simplemente, seres humanos con los mismos deseos y miedos que nosotros/as. Además,
nadie en su sano juicio puede esperar, o que todos los extranjeros sean
absorbidos por el cuerpo nacional y dejen de existir como extranjeros,
o que sean expulsados, ni que, en el neoliberalismo que gestiona hoy el
sistema económico globalizado, exista voluntad y/o sea posible
aplicar alguna fórmula que frene a esa marea humana que huye de
la miseria. Parece claro
pues que, por muchos cerrojos que coloquen en las puertas, el problema
no desaparecerá. Podrán mantenerlo alejado de las miradas
y las mentes, pero no controlarán, debilitarán, y menos
aún, eliminarán, las causas que provocan la emigración. Por eso es
imprescindible ir más allá de lo políticamente correcto
y reclamar un giro que supere el paternalismo institucional que suele
orientar las actuaciones públicas y el pesimismo de quienes ven
inviable una sociedad multicultural (cuya formulación más
radical la tenemos en la profecía sobre el "choque de civilizaciones"
del estadounidense S. Huntington, mientras que la versión más
suave, postula por una tolerancia multicultural como sinónimo de
indiferencia e ignorancia mutua). Partiendo
de que no hay caminos absolutamente fiables, ni soluciones mágicas
para un problema de enorme complejidad y que nuestro particular punto
de vista, de cual necesariamente partimos para abordarlo, es contingente,
parece razonable acudir a la prueba de ensayo y error, para desechar los
caminos que se han mostrado ineficaces y profundizar en los que aportan
algo de luz. En esa disyuntiva,
para no seguir tropezando con la misma piedra, hay que asumir que cualquier
idiosincrasia cultural (incluida la nuestra), es tan buena e intocable
como las demás y para ello resulta obligatorio respondernos sobre
si somos capaces de zarandear nuestra arrogancia etnocentrista y reconocer
que ningún modelo cultural puede, autoritaria ni eficazmente, reivindicar
su superioridad intrínseca sobre otros modelos culturales. En definitiva,
se trata de aceptar que aquí estamos todos/as (la raza humana),
tan diferentes como la historia nos ha hecho, pero, al ser diferentes
al tiempo que humanos, cada persona puede dignificar, mediante los procesos
de convivencia, comunicación e intercambio, el contenido del género
humano al que todos/as pertenecemos. Sin caer en ingenuidades, tan bienintencionadas
como estériles, debe concluirse que nuestro tiempo reclama urgentemente
un diálogo abierto y sin prejuicio sobre los valores y los méritos
de cada una de las contribuciones a la causa de la felicidad humana. Sabadell, 24 d'abril de 2006 |
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