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Lo políticamente
incorrecto En un mundo
donde el tendencioso debate entre libertad y seguridad lo decantaron en
favor de la seguridad, cada individuo, como homo politicus,
tiene la obligación de demostrar que esta fuera de toda sospecha,
porque en ese marco, toda opción política se ve como una
potencial amenaza. En realidad, esa conclusión estaba consensuada
de antemano, era justamente la que precisaba la economía transnacionalizada.
Uno de los efectos más pernicioso de ese escenario, es el lenguaje
aséptico, en el sentido que, frecuentemente, las opiniones están
mediatizadas por la oportunidad política y por los riesgos a los
que se exponen quienes las emiten. Así,
no es políticamente correcto y es susceptible de acarrear problemas
de distintos tipos e intensidades: recordar que el Jefe del Estado es
un rey impuesto por Franco que juró los Principios fascistas, o
indignarse porque los sindicatos mayoritarios, y sus respectivos partidos,
llevan años dando esquinazo a la clase obrera, o ironizar sobre
una paz social que, mientras en la Europa democrática tras la II
GM se canjeó por el Estado del Bienestar, aquí la están
ofreciendo a cambio de su desmantelamiento, o ser condescendiente con
el chantaje que la deslocalización empresarial ejerce sobre la
sociedad, o que cada vez más, a menos gente les llegue el sueldo
a fin de mes, o cuestionar la volunta política para combatir las
desigualdades por razón de género, o denunciar que la profesionalización
de la política ha consolidado una auténtica casta adicta
a la ubre que les reporta generosos sueldos y status social, o que la
fascinación que sienten los políticos, con talante o sin
el, por el populismo chabacanero, resulta infumable, o hablar del derecho
de autodeterminación de los pueblos, o de tortura, o de aberraciones
jurídicas como la Ley de Partidos o el sumario 18/98, o indicar
que, los soldados españoles en Afganistán no son héroes
humanitarios sino sumisos colaboradores del imperialismo estadounidense,
o demandar cierta racionalidad al fundamentalismo anti-tabaco, o a quienes
dictan bandos para imponer civismos a golpe de multas, o exigir la condena
por genocidio de quienes invadieron Irak, o desconfiar de los datos oficiales
del IPC en un país donde compramos con euros y seguimos teniendo
sueldos en pesetas, o exigir explicaciones del por qué continuamos
a la cabeza en precariedad laboral y muertes por accidentes de trabajo
(1369 en 2005) y a la cola en prestaciones sociales, o censurar la pasividad
de una Administración permitiendo la presión especulativa
de las miles de viviendas vacías (y después criminaliza
la okupación), o requerir una actuación acorde con la gravedad
de los hechos, contra los elementos más rancios y violentos de
la España negra (militares y civiles) que jalean y lanzan arengas
cuarteleras por el encaje constitucional del Estatut, o decir que quizás,
un sistema que por activa y/o por pasiva, permite la muerte por hambre
de miles de personas diariamente y que necesita como agua de mayo de guerras
de rapiña, el tráfico de drogas, de armas, la trata de blancas,
la explotación infantil, etc., para alimentar buena parte de sus
negocios, no sea tan bueno como pretenden hacernos creer, y que a lo mejor,
ni hemos llegado al fin de la historia, ni estamos en el mejor de los
mundos posibles, o denunciar que, lo que hace pocos años eran injusticias,
ahora, los trileros de turno, lo califican cínicamente de ineficacia,
o poner cara de no saber en que siglo vives cuando la Iglesia decide abolir
el limbo para que los niños sin bautizar vayan directamente al
cielo, o equiparar sionismo con nazismo, o decir que, si eres joven y
vasco te pueden caer más de 10 años por quemar un cajero
automático, ni es oportuno afirmar que la falta de recursos para
la enseñanza y la sanidad pública o las pensiones, es un
problema de las prioridades que los políticos de turno conceden
a los dineros públicos, o despreciar la arrogancia de ese auténtico
cuerpo de elite llamado contertulianos mediáticos, o reclamar freno
al consumismo impulsado por los insaciables ánimos de lucro de
un mercantilismo de cortas miras, o exigir las responsabilidades a quienes
con actuaciones, sean macro (por ejemplo, arrasar la selva brasileña)
o micro (por ejemplo, construir una pista bicitrial en el Parc Catalunya
de Sabadell) nos están abocando a un planeta insostenible, o
...,
etc. Se podría
decir que esa resocialización en curso, que conduce a interiorizar
el silencio de la servidumbre que señalaba Foucault, no determina
necesariamente los comportamientos y actitudes individuales y colectivas,
pero sin duda los condiciona y, además, está minando el
papel que la sociedad civil, aunque solo sea por mera higiene democrática,
está llamada a jugar: exigir, controlar y cambiar al poder y su
política. De ahí que, pese a los riesgos, la obligación
moral y política de desarrollar, articular y difundir un discurso
alternativo es imprescindible, salvo que se piense que no merece la pena
porque el futuro solo invita a decir, que el último apague la luz. Sabadell, 13 de febrero de 2006 |
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